dilluns, 23 de març de 2015

Gastón




  
http://www.emmagunst.blogspot.com.es/2015/03/gaston-ribba-podia.html  : poemas.


Para invocar a Marte sólo necesitarás un puñado de cerezas en una tarde de enero. Es recomendable que estén un paso más allá de la madurez, el punto en que toman el color y la consistencia del corazón de las aves.
Deberás masticarlas con brío, de a dos en dos, de a tres o más, como un rosario mal rezado. Ayudará que unos hilos rojizos te marquen la barbilla mientras tus labios entreabiertos dejan escapar el crujir de las pieles, la sorda explosión de la carne y el rodar de los huesos.
Un pájaro carpintero o un buitre rayarán tu cielo cuando arrojes los carozos al sol para que se descarnen como pequeñas calvas. El viejo mortero que tu abuela usaba para las anchoas y los ajos será suficiente. Con cada golpe, él oirá tu plegaria, un llamado más poderoso que el de todas las bombas alguna vez detonadas y las promesas de las que permanecen dormidas. Con cada sordo estampido, los perros se arquearán en un celo de terror y de alegría.
Hacia el final de febrero, la harina de las semillas machacadas resultará impalpable como los restos mortales del tabaco pero morderá con la ferocidad de todos los dientes, se mezclará con la grasa y el sudor de tus dedos y formará una pomada gris como la que soban los curas. Sebo de nonatos y ceniza de féretros. La tintura con la que cruzan el adiós sobre las frentes.
Este es el momento de tomar un lienzo y un cuchillo, cualquier hierro viejo, mejor un clarín o una trompeta. Si posas la boquilla reseca sobre tus labios sentirás el recuerdo dulzón y metálico de las prunas pasadas, un regusto a vinagre, a pimienta y cuero, a jalea y sal. Con cada caricia, el metal opaco y mellado irá perdiendo el orín y él se acercará a paso firme. Como si le degollaras potros en una noche de octubre.
El chillido de una lechuza debería darte tranquilidad para lo que viene. En el vigésimo tercer día de marzo, cuando armas y trompas se visten de luces, la sabiduría se cuadra entre la ambición y los conflictos, subordina al horror y al pánico. En el vigésimo tercer día de marzo, el lustre de los bronces y los aceros lava las manos del señor de la guerra, ilumina los rostros de los veteranos, abre la senda a los que marchan hacia la iniciación.
Llegarán las vísperas y toda tu muralla temblará bajo la frente del carnero mayor, el de los bucles rojos como el oro viejo. Con cada pasada del esmeril sobre las cansadas latas, nuevos brillos avivarán antiguas sombras, los ojos de los canes serán espejos en la noche, la luna se convertirá en el disco de cobre que anuncia el aire del norte, el que hace aullar a los lobos y a los locos.
Cuídate de llamarlo en vano. Antes de llevarte a la boca el primer globo de sangre, lo que pienses, sientas o sueñes marcará el encuentro. Él es el que se adelanta, el que recorre los campos y clava su pica en el alto que ocuparán los vencedores cuando la bruma es apenas el humo manso del agua y no el sudario de la pólvora. Él cuenta las cabezas maduras cuando todavía están unidas a sus tallos.
Que no te asistan sus peores hijos, que ni el Deimos ni el Fobos, los bastardos de la violencia y el amor, ni el miedo que arrebata ni el que agarrota mezclen sus bayas amargas en tu banquete. Él sólo te escuchará si eres insolente y temerario.
Irrumpirá el ariete con su media cara y su ojo seco por el rayo. Olvida la obscena pureza del mármol con sus narcóticas proporciones y su falseada humanidad, no lo verás con claridad pero todo en él es testa y plexo y sexo, falo en ristre que se chaira contra todo a su paso. Él es el que marca el compás de las entrepiernas, los primeros instrumentos de percusión. El que llena los vientres, rebasa las fuentes y rellena las tumbas.
El sol arde en el centro mismo de su coraza, todo lo que tenga pelos se erizará, todas las gargantas se abrirán como si fueran las venas del silencio. Un reguero meridiano te resbalará de glotis a pubis y un hoyo amarillo se abrirá desde el fondo mismo de tu entraña. El búho de la virgen marcial te asista. No deje que las ascuas de tu caja te tomen por asalto el monte.
Verá tus manos vacías y arderá de furia: ni una canasta de lobeznos, ni cabezas de toros robadas a los altares de Mitra, ni corderas desnudas de vellones morenos. No desvíes la mirada. Mantenla firme hacia donde presientas su ojo de rubí, que acepte que ha sido retado y en un silencio de cortesía te ofrezca el primer golpe.
Háblale como un condenado que va cantando a su cadalso, cuéntale dónde has nacido, quiénes son o han sido tus padres, cuántos hijos te han brotado. Regálale los nombres de tus perros muertos, pon en sus manos los de tus abatidos y los de las mujeres que has montado. Las cazadas y las compradas. Ocultarás las que te llevaron a sus corrales con un terrón de azúcar y una varilla de mimbre. Él sabrá y callará. Una vez cayó.
Dile que has hablado el lenguaje del trueno y que has hecho de tu brazo un relámpago, que has llevado siempre contigo las estampas de Ogún y Miguel, que has pedido prestadas las ropas de San Jorge para que tus enemigos teniendo ojos no te vean, teniendo pies no te alcancen, teniendo manos no te atrapen.
Asume que has sido tan digno como cruel, dile a voz en cuello que has marchado a la conquista con el genio del dominio siempre agazapado a tu oído, que la lascivia siempre contó con tu rendición incondicional y la tiranía siempre te numeró en sus filas. Confiesa que has jurado por el lado oscuro de su rostro, que has rugido a su imagen vengadora por un bocado de la fría polenta de la revancha.
Forja cada una de tus palabras en hierro dulce como la caña, punzantes pero sutiles. Demuéstrale que has aprendido. Él te enseñó que las lanzas siempre deben romperse al chocar contra las defensas o al hundirse en los pechos. Para que el adversario no pueda volverlas en tu contra.
No creas por un instante que podrás herirlo o engañarlo. Sólo lo adularás. Él es el que campea en las afueras donde los ungidos aprenden el oficio de la guadaña, el que señorea sobre lechos que serán revueltos y perfumados por el almizcle de las fieras y la esencia del mar. Él ya sabe que arrojarás a sus pezuñas de fauno un yelmo partido y una armadura abollada.
El peto irreconocible por los choques, la espalda llovida de arañazos de amor y de odio. También tu escudo, la batea del pan del legionario, tu artesa y tu pala. Sobre el amasaste cada día bollos duros y agrios como el adobe, ladrillos de arena para tu imaginaria fortaleza. Se los arrojarás y una levadura rancia se adueñará de tus muelas. Deseaste toda la sal del mundo para quitar esa cerveza de tu boca. Ya no.
Celebrará el rapto de orgullo con el que intentarás conservar el puñal o las sandalias. Será complaciente porque tus debilidades siempre fueron sus golosinas. Se relamerá mientras se ofrece a sí mismo la suficiencia del que se sabe ganador sin importar cuál de los bandos pierda. Fijará su ojo vivo por debajo de tu ombligo. Los demonios de la ira y la lujuria serán dos serpientes que envaren tus piernas y amenacen con trepar a tu costado.
Repróchale las travesuras de sus hijos alados y diestros en el manejo del arco. El de las alas de paloma y el de las alas de mariposa. Arráncate las viejas flechas que aun gotean el venéreo y el veneno, quiebra ante su ojo las últimas, que vea que tu sacrilegio niega el rencor. Su hembra mayor, la Venus nacida de la espuma, la que apierna y no abraza, la que besa más no acaricia, la que es el cebo y el anzuelo así lo dicta y lo quiere.
Tus palabras serán para él menos que el murmullo de un arroyo en un jardín que se incendia. No perderá la paciencia porque no es una virtud que posea, no le ha sido dada, no la estima ni la desea. Te martillará contra la fragua de su pecho. Te abrasará. La casta oiga tu dolor y venga a pintar ojos en tus párpados.
Aunque ya no te preste la menor atención dile que nadie como tú le ha reclamado el desasosiego, el fragor y la lucha, que nadie lo ha adorado ni temido así. Recuérdale las hecatombes, las grandes piras ardientes a las que arrojaste tus mejores actos, pensamientos y sentimientos. Nobles y robustos como bueyes de labranza.
Niégale los sabores de los cuerpos y la música de las almas que te amaron, trágate la ternura y la piedad de los que te curaron, la de aquellas que se dejaron llevar por tu mano a la piedra del sacrificio o las que saltaron de tu carro en llamas. Que tenga que abrirte en canal para leer tu hígado y tu hiel. Escupe en su facha hasta el último coágulo. Nadie como tú ha perdido cuanto creyó ganar por su intercesión, su maldición o su gracia.
Guardarás cerca de tu diestra y lejos de su mirada una aguja de misericordia, un quitapenas, uno de esos flacos punzones que se cuelan furtivos entre las anillas de las cotas. Una palabra. Resiste como puedas la tentación de sucumbir otra vez a la seducción del sufrimiento y, cuando sientas que tus carnes apenas contienen un caldo de vísceras que se espesan, será tiempo de palpar una rendija y hundir la pequeña púa hasta el cabo. Aunque la empuñadura sea tan aguda y filosa como la hoja.
Cobarde
Se retorcerá de rabia, los deltas de tus venas amenazarán con desbordarse, serán turbiones de lava que te inunden y te quemen. Por un instante su ojo muerto iluminará la noche o el día con un fulgor morado como su manto. Hilado con todas las placentas y las tripas que alguna vez dieron por tierra. Teñido con toda la sangre y la mierda y el semen y el vino y la tinta alguna vez derramados en su perro nombre.
El relámpago de Zeus lo marcará otra vez como cuando apenas era un semental desbocado en las ánimas rasas de sus primeros fieles. Padrillo entre las yeguas de Tracia. El látigo celeste de Júpiter lo cruzará de frente a pómulo y escribirá una vez más sobre su cuenca vacía: me eres odioso entre todos porque jamás tomas partido, inflas de vanidad al campeón y revientas de odio al caído.
En el vigésimo tercer día de marzo estarás a salvo de su puño de plomo y de su palma de lana. Le sería indigno mancharlos por tan poco. En el Tubilustrium, los cornos purificados y las espadas afiladas alumbran los caminos a la victoria guerrera o la paz armada. El quinto día de los Idus anuncia la venida de la timonel y la máscara de proa. Es el alba en que Minerva baja del Aventino para posar su guante de escarcha sobre la ardiente nuca de la virilidad sin riendas. Ella le ha puesto el cabestro más de una vez. Él no la respeta, no la ama, sólo le teme.
Arrodillado y mordiendo un freno de hielo te quitará de un sorbo todo el fuego menos una brasa, pequeña como la de un cigarro. Sentirás el frío como nunca antes. El canto del cierzo en los árboles y el batir de un millar de gorriones se alzarán sobre tu silencio y tu vacío. Arrojarás manotazos en la oscuridad de ese mediodía o esa medianoche. El rescoldo entre tus costillas arderá lo suficiente como para lanzarte a un último frenesí, buscarás algo que cubra tu parida desnudez: una daga, un par de suelas. El búho sagrado se apiade y los vuele lejos de ti.
En la nueva claridad brillarán el polvo de las cerezas y los restos de su festín de metal. Fuegos fósiles. Estrellas muertas. Como un cachorro azotado por una tormenta te lamerás y gemirás. Te sorprenderás al oírte. Esta vez no serán los coros de los miedos que enfurecen o paralizan. No serán los yunques que llaman a convertir los arados en filos de riña, las sábanas en trincheras, los otros en carne de altares. Ya no.
No será el ahogo de los que se arrastran entre nubes de salitre, el llanto afónico de los que se aferran a los garrones de la fortuna que los esquiva y la vida que se les escapa. Será más bien un soplo, retazos de un alma que ya no aviva ni anhela el fuego donde siempre fue apenas la leña. Una bocanada de aire tibio. Como la que comparten los amantes cuando se regresan lentos de sus pequeñas muertes.
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Escrito a los veintitrés días del mes de marzo de dos mil doce para mis cuarenta. No funcionó. Sigo masticando cerezas cada enero. Felicidad a mí.